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Un día, al regresar a su casa después de dar vueltas como
un satélite alrededor del bosque de eucaliptus, conoció a Yarará. Estaba
lacia como una media, enlazada de una de las ramas más altas. Evaristo
pensó en darle un picotazo porque ya era casi la hora del almuerzo, pero
se detuvo a mirar los dibujos de su piel. Guardaban un rastro de misterio,
como si los hubiera dibujado un fantasma.
Cuentos del bosque
El cóndor se quedó un rato en la ronda, ala con ala. El
ruido de su corazón retumbaba como los pasos de alguien perdido en la
tormenta. Estaba quieto y callado, como si no fuera el pájaro más grande
del mundo, como si no supiera atravesar los cielos inmóviles de la cordillera,
como si fuera un pequeño pájaro capaz de comer semillas en la mano de
un niño. Después los miró como hermano a uno por uno, les deseó un buen
vuelo, saludó y se fue.
Lo vieron subir hasta la cima del aire y sintieron miedo
por él. Que la mira del cazador no lo alcanzara, que le respetaran la
libertad de planear con la negra medialuna de sus alas, que pudiera sin
peligro buscar el oeste y perderse rumbo a la montaña.
Cuentos del bosque
Los días en el bosque fueron pasando. Pasó uno fresco y
sabroso como cargamento de sandías. Pasó otro, ruidoso de gente que iba
de charla en charla rumbo a la cosecha de duraznos. El tercero vino con
lluvia temprana, arco iris, sol.
Y disfrutando del cielo recién lavado llegó Irene, la esperada.
Cuentos del bosque
Cada uno contó un sueño. Yarará dijo sonrojándose que le
gustaría encontrar un amigo con quien recorrer el mundo. Irene confesó
que le gustaría dar con los pájaros perdidos de las plumas encontradas.
Maclovia, que soñaba con ver a sus hijos grandes y haciendo su propio
nido, y agregó:
-Me aventuro y sueño con avecinarme con aves o avecillas
que a velocidad de pájaro se amiguen conmigo.
Entonces Evaristo, en esa rueda sincera de buenos amigos,
sin mover ni una ceja para que no se le despegaran las plumas, pudo contar
su sueño.
Cuentos del bosque
El bosque parecía estar detenido en el tiempo, porque no se movía una
hoja, ni una hormiga, ni se sentía el cantar de las piedras que acompaña
al río. La música dio para estar contentos y un poco tristes y muy calmos
y muy festivos. Evaristo se veía señorial dirigiendo la orquesta, con
las plumas todas en su sitio y los ojos enormes a veces pequeñitos.
Cuentos del bosque
Las ramas más largas del sauce tocaban el agua. El río andaba tranquilo
esa siesta, y se demoraba en las curvas y los escondites que le dibujaban
las raíces de los árboles. Por el medio, por donde la corriente avanzaba
más rápido. Yarará vio venir una balza de corteza y sobre ella algo como
dos gotas de nube. Pero no eran nubes, sino dos viejas garzas a la deriva.
¿Serían garzas marineras?
Cuentos del bosque
El gran árbol era un globo de píos y gorjeos, y sólo había silencio cuando
algún plumón flotaba buscando las espigas del sol que entraban por las
siete puertas, y todos se asomaban a mirarlo.
Por las noches se turnaban para contar historias de cielos lejanos y
pájaros distintos. Luego se escarbaban las plumas para ayudarse a encontrar
en sus adentros los colores del buen tiempoy dormir. Dormir y soñar ala
con ala con ese redondo mundo que habían hecho posible entre todos.
Cuentos del bosque
Pero lo que Ruedamares no contaba, es que si bien cualquier día era bueno
para abordar un barco enemigo y cualquier noche para dar un golpe de saqueo,
nada ni nadie podía cambiar su decisión absoluta de no trabajar en noches
de luna llena.
Por eso, en esas noches transparentes, en que dicen que dicen que se
ponen de novias las ballenas, en esas noches Baltasar Ruedamares de Margagritones
y Aguafuertes subía a cubierta, sacaba la armónica de su estuche de cocodrilo
y se ponía a tocar.
Tocaba un corrido antiguo que había escuchado en las costas oscuras de
la Isla del Tesoro. Una salsa salpicada de pimentones y floreos de polleras
que recordaba del Caribe. Una refalosa llena de adioses que guardara del
puerto de Arica. Un tango rezongado y bailadito que encontrara caracoleando
en el Río de la Plata.
Cuando terminaba, veía uno por uno a los marineros reclinas a su alrededor,
fumando sus pipas humeantes de nostalgia.
Ruedamares, pirata de la mar bravía
Como se sabe, el viento se lleva mar adentro las palabras pronunciadas en la
orilla, pero las desordena y las mezcla con espuma. Esa noche los pescadores
las veían brillar junto al casco de sus embarcaciones y al recoger las redes,
cerca del amanecer, tuvieron que sacar las palabras de entre los peces. Las
guardaron un momento en sus manos, para contrarrestar el frío del mar, y después
las devolvieron al agua para que siguieran su camino.
Ruedamares, pirata de la mar bravía
Nada hay más duro para la gente de mar que barcos destruidos y abandonados
a su mala suerte. Pobres carcasas del fruto poderoso y feliz que un día
fueron. Moliéndose sin reparo, con el agua golpeando sus rincones íntimos.
Pobres barcos, detenidos en la mordedura final de un engranaje joven todavía.
Huérfanos de capitán y sin mano que los guíe hacia una última orilla.
Ruedamares tuvo que dar dos veces la orden de retomar el rumbo. Porque
sus hombres habían quedado anclados en un aire inmóvil, y la tristeza
endurecía el silencio.
Ruedamares, pirata de la mar bravía
Cuando una mañana, Baltasar descubrió a María Ladia conversando bajito
con un delfín que saltaba junto al barco, estuvo a punto de decir: -Cosas
de mujeres. Pero mejor pensó: "las mujeres ¡qué cosa! Pero tampoco le
gustó. Se acercó y dijo:
-¿Qué cosa haces, mujer?
Ruedamares, pirata de la mar bravía
Y una vez allí, en esas islitas endurecidas de caracoles y restos de
estrellas marinas, María Ladia ayudó a Baltasar a ver lo que pocos marinos
han querido ver, lo que casi todos niegan, lo que los músicos imaginan
y siembran en los recodos de sus melodías. Peinando su cabello ondeante
como una medusa, estaba la sirena. Sola y sin cantar, porque como bien
sabía María Ladia, las sirenas sólo cantan cuando necesitan amor. Estaba
claro que esta era una sirena enamorada. Un borbotear de peces luminosos
rodeaba el lugar.
Fue una escama de tiempo, el instante que demora un pez en girar y perderse.
Se oyó un rumor como de monedas de oro cayendo en el agua opaca, y la
imagen desapareció.
Ruedamares, pirata de la mar bravía
La experiencia de navegar en mar abierto tenía para Ruedamares el valor
de un bálsamo. Cuando la línea de la costa es sólo un recuerdo difuso
y los enemigos están lejos y ni siquiera los pesqueros rompen la piel
cambiante del mar, olvidarse hasta de uno mismo. Cerrar los ojos y ser
otra vez un niño hundido en una hamaca, tocando con la mano caída el ruido
de la espuma, tocando con el pie el palo mayor que se hunde en un cielo
sin tormentas.
Ruedamares, pirata de la mar bravía
Conmovido por las razones de los candeleños y su deseo de vivir en paz,
entendió que no podía exponerlos a la furia destructiva de la flota que
se acercaba. Morirían muchos en algo que no habían elegido. Y los pescadores
no eran bichos de pelea. Eran valientes para enfrentar la tempestad, las
furias del viento. Fuertes para repletar las redes y arriarlas con un
canto de triunfo, pero carecían, por suerte, del impulso sanguinario de
algunos piratas.
Ruedamares, pirata de la mar bravía
El barco dormitaba y veía un horizonte azul y verde cruzado por nubes
de peces y un albatros animando al vuelo a los pichones. Y un pueblo de
tortugas nadando en callejuelas de corales. Soñaba un sueño de arena en
calma, pero no tenía fuerzas para encontrar el rumbo. El timón era un
resto inanimado y mordido por la intemperie.
El viento empujaba la vela solitaria, se arrebujaba en la quietud de
la cubierta y entendía.
Cuando el barco vio llegar al pesquero viró para esperarlo. Ruedamares
silbó como llamándolo y el barquito recordó.
Se llamaba Unicanuez y conocía los pasos del hombre que lo caminara de
proa a popa. Tantos años. Todos sus años. Pero volvió a dormirse y deseó
una arena clara, donde apoyar el cansancio.
Ruedamares miró el barco, lo que quedaba del barco, y entendió. Maniobró
hasta vencer el límite del agua. Y lo condujo por última vez, hasta posarlo
en el fondo del mar.
El barco sintió que anidaba en arena transparente. Entonces, soñó con
su capitán.
Ruedamares, pirata de la mar bravía
Esa noche hubo fiesta. En la libertad del aire la lunaria se convirtió
en árbol. En cada extremo de sus ramas escondía todavía, envueltos en
hojas, los frutos esperados. Pero en la mitad de la noche, en una pausa
del baile y cuando las conversaciones caracoleaban entre los ratones,
se abrió el primer fruto, y luego el segundo, y después los otros hasta
que todo un cielo estrellado pareció estar posado en el cielo de Celeste.
Pero no eran estrellas, eran lunas pequeñas aún, que se irían al día siguiente
con el viento.
El libro de Ratonio
Ratonio pensaba que en el aire andaban sueltos los secretos de las plantas,
las palabras de los pájaros y los sueños sin dueño. Por eso respiraba
despacito y hondo, hondo y despacito, hasta llenar cada rincón de su cuerpo
con ese aire de estrellas invisibles.
El libro de Ratonio
Se sentó a su lado y mientras hacía dibujos en la tierra recién regada
de luna y agua, comenzó a contar las historias que le habían enseñado
otras ratonas y algunas que ella misma inventaba en las noches claras
como ésa.
Contaba mirando el aire y mirando a través de Ratonio y pescaba al vuelo
los suspiros de él para convertirlos en impulso de palabras, y seguía
enhebrando un cuento con otro como quien hace collares con fideos de colores.
Algo así como una lluvia de calma se fue adueñando de la espalda de ratonio.
Una nueva sensación parecida a la que siembra una mano sincera que acaricia.
Un recorrer de compañía que tocó y amansó el pelaje azul en el tramo del
estremecimiento. Algo parecido al bienestar de la hamaca cuando apenas
se mece en el reverbero del sueño.
El libro de Ratonio
Es un secreto de los dos. Desde el día que descubrimos que éramos grandes
y nos juramos no contarlo a nadie.
La casa de tía Niche era la que todos preferíamos o, mejor dicho, la
que nosotros elegíamos siempre. Y esto por dos razones. Tía es de las
que piensan que no hay nada más maravilloso que los chicos; los niños,
dice ella. Y por eso, es una aliada para armar los juegos como a nosotros
más nos gusta.
Además, el patio tiene una higuera, un granado, varios jazmines y lo
más importante: el árbol de la lluvia.
Ninguno de nosotros fue capaz de recordar cuándo había nacido.
El árbol de la lluvia
Los presagios hay que decirlos cuando son buenos y pueden ser una ayuda
en el camino. Los malos, en cambio, es mejor arrumbarlos en el silencio
y cubrirlos con mucho olvido, para ayudar a que no sucedan.
El árbol de la lluvia
No todo se puede contar. Aunque me gustan los cuentos. Pero hay cosas
que está bien que permanezcan guardadas. Como esas plantitas, que crecen
sólo si están en un invernadero.
Por eso no me gusta tía Chela, que pregunta y pregunta y se acerca para
que no dejes de mirarla a los ojos,tratando de saber siempre un poquito
más.
Me parece que no entiende que no todo se pueded decir.¿Será que los grandes
no tienen secretos?
Aunque los muy chicos, tampoco. Uge, por ejemplo,no se guarda nada,todo
lo dice. Todo.
El árbol de la lluvia
Papá plantó el limonero. Creció como todo ser, al sol y con la lluvia.
En tiempos de flor florece. Florece tiernos pétalos blancos y aromados.
Aroma de azahar, de andar, de amar, sostenido en sabanitas verdes. En
tiempos de frutos, frutece.
El árbol de la lluvia
El pehuén les dio piñones para el viaje y la cordillera los dejó pasar.
Pero una hebra de matra quedó en la jarilla, el color de un chamal se
enredó en un risco, un capullo de lana virgen se dio a flotar en el viento.
Y un hilo de voz de madre india anidó en la corteza del arrayán solitario,
que mecía su ramaje en el cielo.
Del amor nacen los ríos
Nadie puede nacer ni morir en ese sitio porque el tiempo no se mueve;
todo está como el día en que la ciudad se perdió y así va a permanecer,
porque está encantada. A veces se agrieta un poco el aire y uno puede
asomarse al comienzo de ese puente que se abre como un secreto que invita.
Uno puede entrar o no, porque la ciudad está como entredormida, esperando.
Pero poco después ya no hay nada y uno tiene que imaginarla desde las
pocas cosas que los otros cuentan, porque yo no la vi.
Del amor nacen los ríos
En un claro del bosque de arrayanes la vieron por primera vez. Fue el
tiempo en que los dos, Neuquén y Limay, juntaban piedritas para hundirlas
en el río y ver cómo el agua les cambiaba el color. Ni uno ni el otro
dijo nada, pero ese día corrieron delante de ella y treparon a más arrayanes
que a los que habían trepado en todo el verano.
Desde entonces atravesaban el bosque por cualquier motivo.
Del amor nacen los ríos
Dos horas después, casi con el sol alto llegamos al albergue. Salió a
esperarnos el maestro. El mismo que había ido a mi casa, para pedir que
me mandaran a la escuela. El papá me dijo que le debiera respeto.
Mientras ellos hablaban, yo toqué al overo. Tenía los ijares calentitos.
Cuando mi papá me dio su abrazo yo sentí el olor de mi casa. Y me acordé
de la espuma del jabón que yo le sé preparar en el tazón de afeitarse.
Azul la cordillera
Adolfo no está contento. De a ratos llora un llanto calladito. Una lluvia
de goterones se abre paso en la carucha gastada por el viento. La lluvia
llega hasta la pera y cae hacia el bolsillo del guardapolvo, o se hace
punto mojado en el piso del aula.
Azul la cordillera
Entonces aparecían un hombre y una mujer trajeados con la mejor pilcha.
Entraban despacio, saludaban; él con su sombrero, ella con pañuelo a la
espalda. Enseguida disputaban el baile y no se cansaban nunca. Después
se sentaban el uno junto a la otra y era el tiempo de las conversaciones
que iba enlazando la abuela. Porque eran muñecos las visitas, uno el hombre
y el otro la mujer. Con la ropa cosida y bordada por la abuela. Y los
hacía bailar sobre la mesa, con unos hilos de color aire que casi no se
veían.
Azul la cordillera
De lejos es azul la cordillera. Mirando de lejos y sin acordarse de las
piedras y la tierra helada. Dice el maestro que ese azul es la distancia.
Hay mucho andar del albergue a la casa. Yo voy mirando los maitenes que
se mueven apenas a la orilla del agua.Los maitenes crecen juntos,como
para conversarse.Más arriba ya no hay. Es cuando se empieza aver el color
de la piedra y echa sombra la altura. Hay que seguir subiendo.
Azul la cordillera
Esto de tener un poder no es para cualquiera. No se puede andar diciendo
por ahí. Se corre el riesgo de que no te crean, y lo que es peor, de perder
la fuerza. Hay que guardarlo como lo que es, un don. (...)
Yo, tengo el poder de manejar el fuego. Ahora habrá que descubrir para
qué más me sirve. Pero todo a su tiempo.
De barrio somos
Me gusta el azul pero no para mi barrilete. Es mejor elegir otro color
para que no se confunda con el cielo. Si yo fuera el cielo, pensaría que
los barriletes azules son míos y no los dejaría bajar.
Por eso elegí este naranja titilante. A mi tío Rafael le gustó y estuvo
hablando todo el tiempo de uno que había tenido cuando él era chico.
De barrio somos
cuando le dimos la caja al tío, él nos miró con una mirada redonda y
nos dio la mano como saludando, como se saludan los grandes. No dijo nada.
Pero nos miró mucho, nos palmeó la espalda y después se sonó la nariz.
Mamá se puso un poco rara y nos dio un beso sin hablar. Yo me sentí bien
y me pareció que Nacho y yo somos hombres buenos. Como papá. O como el
tío.
De barrio somos
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